Miró el mar y calculó que faltaban solo 3 aguajes, para que llegue “el grande con viento norte”. Cada trece años el ras del mar sube de forma tal en San Pablo que se hace imposible salir de pesca en los bongos, que son unas especies de canoas talladas en el centro del árbol, recubiertas con alquitrán y pintadas a mano al capricho de su capitán.
Alipio Domínguez es un pescador sesentero, que recorre descalzo la playa, con los pantalones recogidos a media pierna, su tez curtida por el sol de todos los días, es de color café cobrizo, su torso semi descubierto por una camisa en la que abotona solo los dos primeros ojales, sonrisa amplia que hace juego con un sombrero de paja de mil zarpes con alas recogidas al centro, sucio y curtido en negro de tantos años de uso. Es un pescador de pocas palabras y solitario ideal, atrapar al wuato de la ensenada cinco. Son muchos los años de espera para capturarlo. Ha elegido a los mejores pescadores del pueblo como compañeros de esta cuasi épica faena de pesca. Morocho, entrado en los cuarenta años, representa la fuerza en sus casi metro sesenta y cinco de estatura, descalzo, pantalón y camisa remangadas mas cigarrillo en mano, deja lucir una sonrisa sin dientes frontales, sus manos están engrosadas por los callos de lidiar día a día con los trasmallos, de su lucha contra los elementos, y su continua comunión con los remos. Joyero, el mejor con el trasmallo, en San Pablo dicen que es capaz de atrapar una ballena con sus redes, son las mejor tejidas, y tienen los mejores cabos. Es hábil con los nudos, los hace casi que con los ojos cerrados, tiene la estatura de un grande, “metro ochenta pana”, repone cuando es preguntado, cobrizo como todos, de nariz aguileña y pelo muy lacio sobre los hombros, es sin duda una de la mejor nadador del pueblo. Jacinto, el más joven de los pescadores elegidos, un estratega del mar, observador del ritmo de las olas, buscador incansable de la “brisita” (así se denomina a la huella que produce en el agua, la presencia de peces debajo de esta), esta hecho de pura fibra muscular en todo su metro setenta y cinco de estatura, es ágil, y extremadamente agudo en sus pronósticos de pesca, es el remero más consistente y fuerte de los tres compañeros de Alipio, pero Jacinto buscaba algo mas. Jacinto al igual que Alipio, buscan el reconocimiento y respeto de su comunidad de pescadores. Alipio busca el gran pez que entraría en pleno aguaje, acompañado del peligroso viento norte, para tenderle una emboscada que culmine con el animal en sus redes y así reivindicar su nombre y el respeto que perdió cuando hace 26 años muere su hijo y su padre al volcar su bongo en una rompiente del mar embravecida, solo Alipio sobrevivió al embate, los demás se fueron con el aguaje, rumbo a los acantilados.
En la ensenada de punta cinco en el sector de Punta Blanca, antes de construirse el espigón que protege actualmente a esta playa, era inaccesible para cualquier embarcación. Todo era un barranco que se precipitaba del nivel de la arena a más de cinco metros en los primeros 40 lineales mar adentro, -es un abismo que tenemos que sortear a punta de canalete- afirmaba con maestría Jacinto, mientras era escuchado con la atención de todos.
Aquí no hay margen para error, explicaba. -Hay que remar con mucha fuerza, hay que ganarle a la rompiente, y si alguien se ahueva, pues nos jodemos y podemos ahí mismo entregar las herramientas, e irnos a pique-; insistía con tono fuerte, decidido, mirando al mar con bronca, Alipio quería su revancha, quería capturar al fruto del aguaje, el gran Wuato, un pez que se alimenta de langostas en los bajos, y que, cuando sube el nivel del mar y hay marejada, merodea el acantilado de la ensenada cinco. Pesa alrededor de 400 libras, así lo testimonian los pescadores más viejos de San Pablo que alguna vez lo lidiaron, - es bravo, embiste a los bongos cuando se siente atrapado, hay que saber remar, y el timonel tiene que tener mucha habilidad y experiencia para cuadrarlo al costado. El reto estaba ahí, en la mitad de la ensenada, donde las olas comienzan a reventar hasta la cercanía de los acantilados.
Llegó el día del gran aguaje. Desde muy entrada la madrugada, a las cuatro para ser exactos, Alipio saltó de su hamaca, se despidió de su esposa, tomó su gran remo (que también sirve de timón) y una cuerda. Comenzó a caminar rumbo al bongo que esperaba todavía dormido sobre dos troncos redondos en la mitad de la playa.
Alistó sus aparejos, mientras llegaban uno a uno sus tres remeros, todos se saludaron casi en monosílabos y con señas propias de su oficio. Ninguno dejaba de contemplar el mar. Estaban inmersos en el estudio de su ritmo, que es la suerte de estudiar las rompientes de las olas, contarlas, y establecer ese paréntesis que les permitirá entrar empujando el bongo y subirse al andar, antes que la próxima los destruya y arrastre a las rocas. Sorteada la rompiente hay que desplegar las redes poco antes que salga el sol y esperar la entrada del oscuro y monstruoso wuato.
Prendieron algunos cigarrillos, y sus rojas brasas es lo único que se divisa en compañía de las grandes espumas formadas por el reventar de las olas, cada vez mas fuertes, mas grandes. Alipio suspira y no deja de ver la rompiente, sabe que el momento se acerca, y sabe que es su última oportunidad, está consciente que no podrá hacerlo después de 13 años.
Da la orden de empujar el bongo hasta la marca de agua en la arena. Ya nadie pronuncia palabra, ahora los remeros se dan la mano en símbolo de suerte, y dos se persignan. Las redes están en el centro del bongo, los remos en sus chumaceras, el remo-timón en la parte posterior, en la popa, asegurado entre dos cejas de cuerdas de cáñamo manabita. Alipio alza su mirada al cielo azulado por la madrugada fría, y con voz decidida advierte, - son 3 que revientan, la más tuco es la última, la que está junto al acantilado de las gaviotas, allá no llegan los que se ahuevan allá llegan los que las tienen rayadas-. Los hombres emprenden su carrera atacando el mar en la ensenada, la más peligrosa, conocida como “ fatal”. Varios pescadores desde las alturas en los acantilados que limitan la playa, los contemplan llenos de expectativa en su arriesgada faena. -Vamos yaaaa! ¡empuje empujen!, Con fuerza, como si hubieran comido!, Súbanse ahora! Ahoraaa! -Agarra a Jacinto, agárralo que se queda ch***a!!- El bongo se balancea en la espuma de la rompiente, su proa se empina con la llegada de otra nueva, y sube cada vez más, Jacinto pende de la mano de Morocho, que se ha colgado de la chumacera, lo sube de un solo golpe de brazo a la voz de -arriba carajo! -Ya está arriba Jacinto! Vamos!
-Ahora ¡remen!., remeen!, .
- Más rápido, pilas con la segunda (ola) no la pierdas de vista, -viene punteada Alipio, punteada a las tres (forma marina de indicar la dirección de una ola con respecto a un bote), - ahora se viene cortada! cortada! endereza el bongo. endereza más, que endereces más por la Ch***a!!!. El timón de naranjillo prieto, rechina con las sogas que lo sujetan, mientras los callos de los pies de Alipio se afirman en el fondo del bongo como si fueran dos ventosas, sus manos curtidas y callosas las humedece con agua de mar para refrescar el mango del remo. El bongo endereza proa, embiste la ola, baja por el valle, que más parece precipicio, en franca carrera a la cresta de la próxima.
Los remeros ya brillan por el sudor en la tenue luz de la madrugada, se oye el crujir de las chumaceras al ritmo de la voz que pone el compás de la brazada, remen.. remen… remen,. Los pescadores de espaldas a proa no ven lo que Alipio está a punto de advertir, la tercera ola!
La tercera pasa rauda como tumbo con bigotes blancos frente a Punta de los Condenados, luego entra en la ensenada con velocidad frenética, luce como si el mar tuviera hambre y quisiera devorar la playa, es de casi 8 metros de altura, -- la ven?!, marca, márcala carajo!, Repone Morocho dirigiéndose a Jacinto, - Viene en subida, será de cómo dos o tres más y hay que remar más fuerte y más rápido para que no nos bote, -pilas!, pilas, carajo, y todos los tripulantes corearon, rema! (2-3) rema! (2-3) rema!, Alipio sostiene el timón sin dejar de mirar a la ola agrandarse, -remen,.remen, ahora sube!!! subeee!!! vamos mierda arribaa...! Arriba!, el bongo obedece y sube la cresta, se empina, por un instante pueden divisar el otro lado del acantilado, están el la parte más alta, ahora viene el valle, el bongo cae pesadamente, y se sumerge por segundos, el agua ingresa, moja aparejos, remeros y todo lo que encuentra a su paso, sigue su curso al mar de regreso, dejándolos empapados. Alipio se recuesta en el mamparo de popa, los remeros levantan sus pesados remos, suspiran exhaustos, viendo a las olas romper ya lejos de su alcance, ahora ha llegado el momento de buscar al gran wuato.
Son más o menos 7.30 de la mañana, y han pasado casi 2 horas desde que Alipio y su gente zarparon de la playa en procura del gran pez. El Wuato es un animal de costumbres, cíclico y en extremo agresivo. El bongo se orilla peligrosamente hacia los acantilados, sólo la fuerza de sus remeros y la habilidad del timonel lo mantendrán alejado de las afiladas rocas que sobresalen. Con la sapiencia de quien ha pescado desde los 5 años, enrumba el bongo, de pronto, Jacinto divisa una brisita negra al fondo, al pie de una cueva que apenas si se puede ver por la marea, - marca a las 11, marca y vamos!! remen, remen- con fuerza- como si hubieran comido- rezaba el ritmo del canalete, y el bongo graciosamente se enfiló a su objetivo, -Suelta el trasmallo ahora, -cállense!!, el mar llora aquí, (dicho de pescadores cuando hay peces grandes bajo el bote). -Cállense ahorita, -Morocho, suelta la soga de la horca. - Shhhhh, cállense, por las mil putas!!. Alipio levanta la mano dando la señal que hay que esperar. La sombra del pez empieza aproximarse al trasmallo, de pronto las cuerdas corren con gran velocidad, sale humo de las chumaceras, y Morocho, Jacinto y Joyero, achican agua con sus tarros para bajar la temperatura, el pez se empieza a enredar mas y mas.
Se oye la orden, -rodéalo, rodéalo , rodealo, ahora! esquiva, esquiva!! quiebralo, no dejes que se acerque que cabeceará el bongo, saca la guardia de la línea Joyero, muevela! muevela! que viene contra nosotros, ahora remen en círculo!!, remen!. Poco después el bongo tenía en su costado al enorme pez, se estima que un wuato engorda un promedio de 100 libras cada diez años, este tenía al menos unas 500. - Joyero!!, tírate y condena el trasmallo para que no se salga el wuato. Condena la salida Joyero!!. Un diente de oro se asomaba en la sonrisa más amplia que se hubiera conocido de Alipio. Sonreía en silencio.
Joyero se echa al agua con la soga que estrangula el aparejo, se sumerge y asegura a su presa. Está a 30 metros del bongo, y nada llevando consigo el cabo que permitirá el remolque del gran pez a tierra. De un momento a otro una gran ola rebota en las rocas del acantilado, es una contra ola que arrastra a Joyero hasta mitad de la ensenada, justo en medio de las tres olas de la rompiente. En pocos minutos Joyero ya está exhausto.
Jacinto, el joven pescador, advierte, -sino recogemos a joyero se va a pique en cuatro olas má y se jode!, Vamo por este man, pero vamo ahora! ahora, .remen por su vida como si no tuvieran madre…. No veo que reman, hijueputas!!, .carajo, remen! -no ven que este huevas se está yendo a pique!!!!- reclamaba a gritos. El bongo emprende su ruta en busca de la rompiente más próxima para ganar velocidad, surfear la ola y tratar de llegar donde está Joyero, que lucha desesperadamente a manotazos por mantenerse a flote y respirar en medio de la mar agitada.
Alipio guía con habilidad sin paralelo el bongo, sortea una y otra ola, hace frente a todas las corrientes, enfrenta al viento norte que lo empuja y le levanta un velo fino blanco de agua que golpea la cara de los remeros, ahora el objetivo de la faena, ya no es importante para ninguno de los remeros, tiene en mente a Joyero. El bongo se aproxima justo cuando Joyero estaba ya sin fuerzas, Jacinto salta al agua con un cabo en los dientes, abraza a Joyero con la soga, da la señal para recuperarlo y la tripulación jala a la orden de –Cobra! Cobra!! Chucha!! cobra! Ahora!-, suben a Joyero a bordo, cae pesadamente hasta el fondo, Jacinto mientras pende de una chumacera, mientras el bongo surfea nuevamente en la cresta de una ola de 9 metros, -parece que tuviera motor, exclama Alipio, vamo a varar! Vamo a Varar!....Cuidado!! Levanta los remos!! , nadie mira atrás! nadie! y nadie se me ahueva ahora! vamos apura!!!, cuenta con esa piedra!! apura el remo de estribor que varamos la ola!!!.
El sonido sordo del fondo del bongo con la arena y un remezón con parada en seco, son el indicativo que están en tierra a salvo. Ya en la playa con los brazos hinchados por el esfuerzo, los ojos rojos por la sal, las manos agrietadas por el agua, los remeros se dejan caer en la arena, Alipio acomoda su sombrero de paja, toma su remo y emprende su camino de regreso a casa. En sus ojos hay una lágrima que no termina de escapar cuando mira atrás a la mitad de la ensenada, no hubo pesca, y ya no hay nada que pueda hacerse, sin embargo su rostro ya no tenía bronca, ahora estaba lleno de paz. Jacinto corre a su alcance, -Alipio, el Wuato?! Exclama, -El Wuato!? que pasó con el Wuato? Y el Wuato no era importante Alipio? por qué lo dejaste ir?
-Lo único importante del día fue Joyero, el wuato puede esperar 13 años más, la vida de todos me incumbe, escucha Jacinto, el wuato lo dejé en la segunda ola, sin la cuerda de ahorque para que siga libre o no conseguimos a Joyero, el Wuato nos hubiera anclado un chance- Hubo silencio, comprensión en la mirada de Jacinto, pero no conformismo. -Ahora camina a caleta Jacinto, camina!, en 13 años te toca a ti. Ya recostado en su hamaca, Alipio repasa la faena del día mientras pelea con el sueño y el humo de un cigarro, su mente repasa los gritos de la madrugada, .Remen!! Remen! ! mientras su eco se sumerge en el horizonte infinito de San Pablo.
gzb 07-jun-2013
| Bongo. |
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