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agosto 04, 2013

El aprendiz





Entré a la tasca y me dirigí a la barra. Ordené vino y tapas, desprendí el cerillo mientras llevaba un cigarrillo negro a los labios, al tiempo que repasaba el paisaje que ofrecía el sitio. Estaba a dos mesas, de perfil, sus ojos eran profundos, sus cabellos hacían surcos de miel alrededor de sus orejas, la acompañaban el vino y un pincho.  
Es tarde, suenan las castañuelas y las guitarras, se asoman las coplas de un lamento que se antoja en Flamenco. Me dejo seducir por mis instintos y le ofrezco un cigarrillo, me invita a sentar, lo hago de frente, reparo que me dobla la edad, pero ya no me importa, la veo linda, la veo diosa. Me advierte con ternura que su saliva tiene veneno, que sus caricias están llenas de púas y de vicios, que dejan heridas que no se curan, que son inolvidables.
Me habla de un señor que está en los mares, y que no regresa pronto. Recorrí sus valles y sus cerros, sus senderos, y luego me ahogué en sus brazos.

Le dije que sé amar, (pretendiendo ser mayor), se incorpora, sonríe, al oído me susurra en tono sugestivo las instrucciones que atesoraré el resto de mi vida, me indica como debo pintar su cuerpo, y me seduce enseñándome las artes del pincel y del lienzo, del color más elemental de la vida, el del amor.

En medio de penumbras de alcoba veo las sabanas estrujadas entre sus dedos mientras escucho como el ambiente se satura de sus quejas. He aprendido!, pensé en voz baja.

La tasca está llena, el calor es sofocante, hay una niebla de nicotina en el ambiente, su mesa yace ahora solitaria, el vino de las 64 noches busca mi boca, estoy ardiendo con la ansiedad provocada por su partida. Entre copa y copa sus palabras se repiten, cuando una noche, en medio de pasión y hastío, el gastado carmín de sus labios, me despertó de la fantasía ; “ -lo único cierto de esta aventura, es que algún día te voy a dejar, y ya no estaré, pero viviré por siempre en tí, porque los recuerdos cuando son bellos, no se gastan ni se deterioran, permanecen allí, frescos, listos a entregarse, como lo acabo de hacer”

Ese verano en Málaga, fue inolvidable. Esa noche, los gitanos cantaron sus coplas, Alfonsina y el mar se escuchaba en el ambiente, los habitúes coreaban, el cantinero brindó una ronda por cuenta de la casa, sirvió un vino menos, y yo, de alguna forma, quedé marcado para siempre por la llamarada de la mujer mas tierna que había conocido. Ahora me tocaba aprender de la soledad de su ausencia. El cantinero me miró y sonrió con irónica sabiduría, me dió lumbre, llenó mi copa, sentí una palmada en el hombro, y sin pronunciar palabra, me entregó su mensaje final, “nunca dejes de pintar cielos azules, ni labios rojos, con aquellas colores que te dejé en el alma”

gzb 22-jul-2013
Crédito Pintura: Tony Chow



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